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Egipto y los libios a fines del cuarto milenio
Zulian y Marcelo.
XIV Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia. Departamento de Historia de la Facultad de Filosofía y Letras. Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, 2013.
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Resumen
Hacia el 8500 antes de la Era Cristiana, comenzó en el norte de África un proceso de desecamiento que dio origen al desierto del Sahara. Unos 4000 años más tarde, sólo algunos oasis y el río Nilo rompían la monotonía de aquella vasta extensión de arena. Y la población, antes dispersa, se había concentrado allí donde la vida era todavía posible. Mientras tanto, en el Alto Egipto, simples asentamientos habían dado paso a aldeas, y éstas a núcleos urbanos que, hacia fines del Predinástico, se habían convertido en pequeños reinos. Comenzó entonces a desarrollarse una identidad definida por oposición: lo que está adentro y lo que está afuera; lo que es propio y lo que es extraño. La tierra negra, el fértil valle, era Egipto; la tierra roja, el desierto más allá, era otra cosa. Y entre ambas una delgada línea cuya dinámica y características, dentro de un esquema tan rígido, se nos escapan. Sabemos que el desierto no estaba completamente deshabitado. A unos cientos de kilómetros del valle, una cadena de oasis recorría la región de norte a sur, permitiendo, en teoría, ir desde el Delta a Nubia. Dichos oasis contaban con una población más o menos estable que, probablemente a comienzos o mediados del Predinástico, entró en contacto con los asentamientos del valle. Estos contactos, a veces pacíficos y a veces violentos, no fueron fáciles ni regulares. Los egipcios llamaron a esta gente tehenu o temehu; la historiografía tradujo estos nombres al más genérico de libios. Este concepto general es bien conocido y no presenta grandes problemas hacia fines del segundo milenio, pero a fines del cuarto no resulta tan claro, e incluso puede decirse que induce a error. En este trabajo se intentará corregir estos defectos dándoles a los términos empleados su verdadera dimensión, para lo cual habrá que someter a revisión algunas ideas que llevan décadas arraigadas en nuestras mentes. No se trata, sin embargo, de exponer ideas nuevas, sino de señalar los problemas de las viejas, con el fin de que las conclusiones logradas sirvan para entender el papel que estos libios tuvieron en la etapa formativa de Egipto.
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